dimarts, 30 de març de 2010

Marioneta

Hacia tanto tiempo que nadie me miraba de ése modo.. aún me pregunto si alguien lo había hecho nunca antes.
Sostengo la teoría que cuenta que nuestra sociedad se ha olvidado del contacto físico con las personas. La pantalla ha creado una era de miradas vacías, y el teclado un menosprecio a las palabras. Es fácil escribir cosas que no se sienten, mentir solo, cuando no hay ojos desesperados, lágrimas visibles o gritos silenciosos a los que enfrentarse. Es fácil fingir emociones, desvelar secretos vergonzosos o exteriorizar miedos. Fácil des de aquí, escondido, dónde todo lo que llegan son palabras que, tal vez, cobren el mismo significado que las tuyas; ninguno.
Hemos olvidado que hay otro modo de comunicación y, en éste, las palabras quedan en segundo plano. Un modo en que los otros sentidos cobran su función. Las caricias, los abrazos, los besos, las miradas… las palabras no pueden superar nada de esto.
Como decía, ayer me contaron algo inexplicable. Me lo contaron del mejor modo, y lo entendí perfectamente. No hubo palabras, pero tampoco silencio. Mirarle conllevaba saber qué sentía y, por primera vez en mucho tiempo, no podía afrontarlo. Sabía qué quería decirme pero no era capaz de reafirmarlo. Cada vez que la dirección de su mirada (que siempre era la misma) coincidía con la mía, se creaba una especie de hilo conductor que trasportaba el mensaje. Parecía que al pasar la mano de modo que contactara con ése supuesto hilo, éste se haría aislante y dejaría de estar capacitado para trasportar nada; pero no era así. El mensaje era tan claro… que la única solución para evitar que llegara a mi celebro era mirar a otro lugar, no dejar que sus pupilas contactaran del todo con las mías, evitar que el hilo se formara del todo, que el mensaje pasara entero.
Aún así, la curiosidad del ser humano es fascinante, y tenia que descifrar el mensaje, tenía que ser valiente y capaz de entenderlo, procesarlo y actuar al respeto. Conecté de nuevo nuestras miradas, que se acomodaron fácilmente. El mensaje era claro y conciso, creía en mí. Lo hacía como nadie lo había hecho antes, de un modo hipnotizador, como si su mente dependiera de mí. Era como tener una marioneta en mis manos, con la diferencia que no me suponía ningún esfuerzo moverla, ninguna habilidad especial para que hiciera lo que se me antojara. Me impresionaba haber conseguido tal cosa con otro ser humano, así que paré. No me gustaba la idea de dominar a alguien, de que sus actos acabaran siendo “mi culpa”, por mucho que los realizara la marioneta que tenia en mis manos.