dissabte, 27 de febrer de 2010

Dejé que los deseos vivieran

La ropa se había desvanecido lentamente y allí estaban, por fin, en la cama, mirándose. Hurgaban en el interior de cada uno, se veían reflejados en los ojos del otro, era el mejor paisaje que nunca habían visto. Sus pieles no perdían el contacto ni un momento, las sábanas les envolvían, suaves, deslizantes, agradables.
Sus cuerpos se entrelazaban, los corazones corrían y los ojos habían perdido su función. Ahora era el turno del tacto. Entre caricias, besos, abrazos… estaban conociéndose cómo quien tiene que adivinar quién está delante suyo con los ojos vendados; la única diferencia es que no había límites, podían tocar y hacer disfrutar al otro, la única norma, era no saltarse ninguna parte del cuerpo.
[…] “Anda descalzo esta noche.” […]
Era temprano. Aquella era la primera vez que al abrir los ojos, la veía a ella. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, todas las partes que aquella misma noche habían sido exploradas por ella, se estremecieron. Todo había estado perfecto y, nunca había experimentado tal sentimiento: del miedo al valor, de la victoria al fracaso. Pasaba de querer repetir lo sucedido cada día de su vida, al temor de caer en la rutina, de dejar de disfrutarlo como lo estaba haciendo. No quería convertirse en esclavo de su corazón, le aterrorizaba pensar en perder todo aquello, en que no volviera a ocurrir o a que ocurriera eternamente.